Un martes cualquiera, en el andén del subte, Álex deja el teléfono en el bolsillo durante los cuatro minutos que tarda el tren. No pasa nada extraordinario, pero algo aparece en ese hueco que normalmente no tenía espacio para aparecer.

De ahí sale la regla del experimento, diez días sin usar el teléfono para llenar ningún hueco de espera, ni el ascensor, ni la cola del supermercado, ni los minutos antes de dormirse. Lo primero que llega no es calma. Es una incomodidad baja y constante, un conjunto de pensamientos pendientes que llevaban tiempo esperando turno.

Aburrimiento deliberado no habla de rendimiento ni de productividad. Habla de lo que el teléfono realmente tapa cuando tapa un hueco, y de una mano que, incluso diez días después, sigue empezando el gesto hacia el bolsillo antes de decidirlo.