Un viernes a la noche, Álex apaga las luces, se acomoda con una manta y pone el teléfono boca abajo sobre la mesa de centro, a noventa centímetros de su mano. La única regla es no mirarlo durante las dos horas que dura la película.
El episodio sigue esa noche minuto a minuto, la mirada que se va sola hacia el teléfono a los diecisiete minutos, el tramo en que la atención se afloja sin que nadie lo note, la escena que exige estar completamente presente para funcionar. Lo que aparece no es fuerza de voluntad. Es una distancia física, mínima pero suficiente, para que un impulso no se convierta en un gesto.
Ver una película sin mirar el teléfono no habla de cine. Habla de lo que la atención dividida realmente cuesta, y de cuánto ocupa un objeto solo por estar cerca, aunque nadie lo toque.