El lunes a las nueve de la mañana, Álex activa el modo No Molestar y decide no saber, durante una semana entera, cuándo le escriben. En la pantalla no cambia nada dramático. Lo que cambia está del otro lado, en las personas que a partir de ese día no van a saber si fueron leídas.
El episodio sigue esa semana día por día, la fricción con un compañero de trabajo que no entiende el silencio, una llamada perdida que crece en la cabeza durante horas sin motivo, la espera de un mensaje que tarda en llegar. Lo que aparece no es la dificultad de estar desconectado. Es la cantidad de energía que Álex gastaba, sin saberlo, en estar siempre disponible.
Una semana sin notificaciones no habla del teléfono. Habla de un acuerdo que nadie firmó del todo, y de la mano que se estira sola hacia la mesa de luz mucho después de que el experimento terminó.