Un martes cualquiera, con cuarenta y siete notificaciones ya leídas antes de levantarse de la cama, Álex decide pasar veinticuatro horas sin redes sociales. Sin Instagram, sin Twitter, sin las aplicaciones que ya ni recuerda haber instalado. La regla es simple. Sostenerla, no tanto.
El episodio sigue ese día hora por hora, la carpeta donde quedaron escondidas las aplicaciones, las manos que no saben qué hacer cuando no hay nada para revisar, el silencio raro de una comida sin pantalla de fondo. No hay una crisis ni una revelación. Hay algo más parecido a notar, por primera vez, un ruido que estaba ahí desde siempre.
Un día sin redes sociales abre la temporada con la pregunta que atraviesa el resto, no cuánto tiempo pasamos mirando el teléfono, sino quién decide, exactamente, cuándo lo miramos.