Hay preguntas que no se resuelven con información. Se resuelven, si es que se resuelven, mirando de cerca lo que uno hace cuando cree que no está haciendo nada. El algoritmo que llevo dentro nace de una de esas preguntas.
No es un podcast de productividad, ni un detox digital, ni un manual de buenos hábitos. Es una crónica: una serie de experimentos reales, documentados con la mayor precisión posible y sin la obligación de llegar a una moraleja. El dispositivo elegido para esta primera temporada es el teléfono. No porque sea el único problema, sino porque es el más cercano, el más constante, el que está en la mesa de luz cuando uno se despierta y el que todavía está en la mano cuando uno se duerme. El teléfono es la puerta más obvia. Pero la pregunta que se abre al atravesarla no termina en la pantalla.
Durante seis episodios, alguien llamado Álex, un personaje y, al mismo tiempo, una forma de mirarme desde afuera, intenta cambiar, uno por uno, algunos de los automatismos que organizan su día. Un día sin redes. Una semana sin notificaciones. Aburrimiento deliberado. Ver una película entera sin mirar el teléfono. Diseñar reglas propias y descubrir qué tan lejos está uno de poder vivirlas. No hay trucos, ni listas de aplicaciones recomendadas, ni promesas de que al final del experimento la vida se vuelve más clara.
Lo que hay es observación. El intento de sostener la mirada sobre un hábito el tiempo suficiente como para que deje de parecer natural. Porque el hábito, cuando se vuelve suficientemente antiguo, deja de sentirse como una decisión. Se siente como el mundo mismo.
Hay una palabra que todavía no circula mucho y que, sin embargo, nombra con bastante exactitud lo que está ocurriendo: neuroalgoritmización. No se trata solo de que existan algoritmos afuera, en las plataformas, en los feeds, en los sistemas de recomendación. Se trata de que esos sistemas han empezado a instalarse adentro. No como ideas que uno acepta o rechaza, sino como reflejos. Como movimientos del pulgar que ocurren antes de que la decisión tenga tiempo de formarse. Como una forma de atención que ya no necesita ser elegida porque se ha vuelto el modo por defecto.
El algoritmo que parece estar en la pantalla resulta ser, al mirarlo de cerca, algo que uno lleva puesto.
Esa inversión es la que da título al proyecto. Y es también la que lo conecta, sin necesidad de enunciarlo demasiado, con el resto de lo que vengo escribiendo y grabando desde hace tiempo. En El Hilo Áureo se rastrea un patrón de reconocimientos a través de dos mil años de pensamiento: la misma estructura de fondo apareciendo en autores que no se conocían entre sí. En El Eterno, Yo Soy se trabaja la idea de que el estado de consciencia es anterior a cualquier técnica. En ambos casos la pregunta de fondo es la misma: cómo opera la consciencia y qué pasa cuando eso que creíamos exterior resulta ser una operación del propio interior. El algoritmo que llevo dentro aborda esa misma pregunta desde el ángulo más cotidiano y más urgente: el de los hábitos digitales que ya no se sienten como hábitos, sino como el piso sobre el que uno camina.
La primera temporada está completa. Seis episodios. Seis experimentos. Se pensó como un arco, no como una serie de consejos sueltos. El tono es deliberadamente nocturno. Está hecho para escucharse con auriculares, con la luz apagada, antes de dormir. No para activar ni para motivar. Para acompañar una pregunta que, si se sostiene lo suficiente, empieza a cambiar de forma. No se busca que el oyente haga los experimentos. Se busca que, al escucharlos, reconozca algo de lo que él mismo hace sin haber decidido del todo hacerlo. Esa es, en el fondo, la única operación que importa: volver visible lo que se había vuelto invisible por puro uso.
Las máquinas todavía no miran hacia adentro. Nosotros sí podemos. Y mientras eso sea así, la posibilidad de detenerse un momento antes de que el pulgar decida sigue siendo una de las pocas cosas que no se pueden externalizar del todo.
Este proyecto es, simplemente, el intento de practicar esa detención. Sin promesas. Sin moralejas. Con la mayor honestidad posible sobre lo que ocurre cuando uno se queda mirando.
Si algo de lo que conté aquí te resultó familiar y querés mirarlo con más calma en una conversación, podés escribirme directamente.