Hace unas semanas una colega me contó, casi de pasada, algo que me dejó pensando varios días. Trabaja con modelos de lenguaje de inteligencia artificial desde hace tiempo. Producto, datos, automatizaciones. El tipo de persona que sabe exactamente qué puede y qué no puede hacer un modelo. Y aun así, me dijo, hay días en los que cierra el portátil con la sensación de haber sido poco más que un intermediario sofisticado entre una pregunta y una respuesta generada.
“Abro el ordenador”, me dijo, “y en diez minutos ya estoy en modo responder y generar. Le paso el problema al modelo, reviso, ajusto, copio, pego. Al final del día tengo entregables. Pero no estoy segura de haber pensado.”
No lo dijo con dramatismo. Lo dijo con esa mezcla de ironía y cansancio que aparece cuando alguien nombra algo que llevaba tiempo sintiendo sin poder formularlo del todo. Y yo la reconocí de inmediato. Porque es exactamente la misma sensación que vengo rastreando en Algoritmo Dentro: la de que la herramienta, cuando se vuelve demasiado buena, empieza a ocupar el lugar donde antes había que sostener una idea.
No se trata de demonizar la inteligencia artificial. Tampoco de idealizar una época anterior en la que todo se pensaba “a mano”. Se trata de algo más preciso y, creo, más urgente: qué le ocurre a la capacidad de juicio, a la presencia y a la profundidad cuando la mayor parte del trabajo intelectual pasa por un intermediario que responde más rápido y con más seguridad aparente de la que uno mismo suele tener.
Hay un punto en el que el uso de estos modelos deja de ser una extensión de la capacidad y empieza a funcionar como una muleta de la atención. No porque el modelo sea malo. Al contrario: precisamente porque es bueno. Porque reduce la fricción. Porque elimina el momento incómodo en el que uno se queda mirando el problema sin saber todavía cómo nombrarlo. Ese momento de no-saber, de vacilación, de tener que sostener una idea incompleta mientras se forma, es exactamente el lugar donde se ejercita el juicio. Cuando desaparece demasiado a menudo, algo se atrofia.
Mi colega lo describió con una imagen que me quedó grabada:
A veces siento que el día se me convierte en data entry. Solo que el dato que introduzco es una pregunta elaborada y el resultado que recibo es un texto que parece pensado.
Esa frase nombra algo que muchos están sintiendo y que todavía no tiene un lenguaje preciso. No es resistencia al progreso. No es nostalgia. Es la intuición de que se está perdiendo una capacidad concreta: la de permanecer con una dificultad el tiempo suficiente como para que la propia mente la trabaje, en lugar de externalizarla de inmediato.
La pregunta que me interesa no es si hay que usar o no estos modelos. Esa pregunta ya está resuelta para la mayoría de las personas que trabajan con información. La pregunta es otra: cómo se mantiene viva la operación de la consciencia cuando la herramienta que usamos todos los días está diseñada, precisamente, para acortar el camino entre la duda y la respuesta.
Porque la consciencia, al menos como la vengo entendiendo a través de las tradiciones que estudio, no es solo la capacidad de generar resultados. Es también la capacidad de sostener una pregunta abierta. De no resolverla demasiado pronto. De notar el momento en el que uno está a punto de ceder la dificultad a algo exterior, y decidir, al menos algunas veces, no cederla.
Eso no se soluciona con un detox digital de fin de semana. Tampoco con listas de buenas prácticas. Se soluciona, si se soluciona, con una atención deliberada a los automatismos que se han instalado. Con experimentos pequeños y concretos. Con la disposición a mirar, sin dramatismo y sin idealización, qué está ocurriendo realmente cuando la mano se mueve hacia el modelo antes de que el pensamiento haya tenido tiempo de formarse.
Esa conversación con mi colega no terminó en ninguna conclusión grandiosa. Terminó en algo más modesto y, creo, más útil: en la decisión de prestar atención. De notar cuándo el uso de la herramienta es apalancamiento real y cuándo es solo la forma más rápida de no quedarse a solas con la dificultad. De recuperar, aunque sea en franjas pequeñas del día, el espacio en el que una idea tiene que sostenerse sin ayuda exterior.
No sé si eso es suficiente. Pero sé que es un comienzo más honesto que las dos posturas extremas que circulan: la que celebra la inteligencia artificial como si no tuviera coste alguno sobre la atención, y la que la condena como si fuera posible simplemente dejar de usarla.
El coste existe. Y también existe la posibilidad de relacionarse con él de otra manera. Esa posibilidad es lo que me interesa explorar.
Si algo de lo que conté aquí te resultó familiar y querés mirarlo con más calma en una conversación, podés escribirme directamente.