Existe una parábola en el Evangelio de Lucas que describe perfectamente la condición del hombre en este mundo. Es la historia del hijo pródigo, el hombre que dejó la casa de su Padre y se perdió en una tierra lejana.
El hijo, mientras vivía en la casa del Padre, poseía todo lo que el Padre tenía. Pero se fue a una tierra lejana, dilapidó su herencia en una vida desenfrenada y se encontró cuidando cerdos. En esa tierra lejana, tan distante de todo lo que era real, él olvidó quién era. Olvidó la casa del Padre y todo lo que le pertenecía por herencia.
Pero un día, mientras cuidaba a los cerdos, en él despertó un recuerdo. La historia dice: “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre.”
Esta es la clave de todo. Se acordó de su padre.
El auto-recuerdo es el arma más poderosa que posees en este mundo. Recordarte a ti mismo es recordar quién realmente eres, es recordar al Padre dentro de ti. Y cuando lo recuerdas, te levantas de la condición en que te encuentras y regresas al estado del que partiste.
Ahora bien, este mundo en el que vivimos es esa tierra lejana. Somos el hijo pródigo. Todos hemos dilapidado nuestra herencia en este mundo creyendo en poderes fuera de nosotros, creyendo que las circunstancias externas determinan nuestra vida, creyendo en la opinión de los demás, creyendo en las restricciones del pasado.
Pero en ti hay un recuerdo. Hay algo en ti que sabe quién eres realmente.
En el capítulo 15 de Lucas, esta parábola no está sola. Viene precedida por la parábola de la oveja perdida y por la de la moneda perdida. En la parábola de la oveja perdida, el pastor deja las noventa y nueve para ir en busca de la que se perdió. En la parábola de la moneda, la mujer barre toda la casa hasta encontrar la moneda perdida. Y en la parábola del hijo pródigo, el padre está esperando al hijo. Las tres hablan de lo mismo: de algo precioso que se ha perdido y que debe ser encontrado.
Tú eres esa oveja perdida. Tú eres esa moneda perdida. Tú eres ese hijo que está en tierra lejana. Pero la buena nueva es que el Padre no ha dejado de buscarte, y que en ti mismo está el impulso hacia el recuerdo, hacia el regreso.
¿Cómo se practica el auto-recuerdo?
Observándote a ti mismo sin crítica.
La mayoría de los hombres no se observan a sí mismos. Reaccionan a la vida de manera mecánica, automática, sin darse cuenta de lo que están haciendo. Reaccionan al insulto con rabia. Reaccionan a la pérdida con miedo. Reaccionan al fracaso con desesperación. Y cada reacción mecánica los hunde más profundamente en la tierra lejana, más lejos de la casa del Padre.
Pero si comienzas a observarte a ti mismo sin crítica — no para juzgarte ni para condenarte, sino simplemente para ver — comenzarás a despertar. Cada momento de auto-observación sin crítica es un momento de recuerdo.
El hijo pródigo no se condenó a sí mismo en el momento en que recordó. No dijo: “Soy un fracasado, no merezco regresar.” Dijo simplemente: “Me levantaré e iré a mi padre.” Hubo un reconocimiento claro y sereno de la situación, y luego una decisión de regresar.
Eso es todo lo que se te pide. No que te condenes. No que te culpes. Solo que te observes, que te recuerdes, y que luego te vuelvas hacia el Padre interior.
Ahora bien, cuando el hijo pródigo regresó, el padre no le preguntó dónde había estado ni qué había hecho. No hubo interrogatorio, no hubo castigo. La historia dice: “Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.”
El Padre dentro de ti no lleva registro de tus errores pasados. El Padre dentro de ti no registra tus fracasos. En el momento en que te recuerdas, en el momento en que te vuelves hacia Él, Él ya ha corrido hacia ti.
Esta es la naturaleza de la conciencia. En el momento en que asumes el estado de tu deseo cumplido — en el momento en que te recuerdas como el hombre que quieres ser — la conciencia no demora. No dice: “Pero antes estabas aquí, y esto te va a tomar mucho tiempo.” La conciencia actúa de inmediato. El estado asumido comienza a exteriorizarse de inmediato.
El hijo pródigo, en la historia bíblica, hay cinco hermanos que quedaron atrás. Recuerdan la historia: el hijo le dice al padre que avise a sus cinco hermanos para que no vengan a ese lugar de tormento. Esos cinco hermanos representan tus cinco sentidos. Son aquellos que quedaron en el mundo de los sentidos, en la tierra lejana del mundo exterior.
Tus cinco sentidos te dicen constantemente lo que es “real.” Te dicen que eres pobre cuando ves la factura sin pagar. Te dicen que estás enfermo cuando sientes el dolor. Te dicen que estás solo cuando nadie está contigo. Tus cinco hermanos, tus cinco sentidos, son magníficos sirvientes, pero terribles amos.
El auto-recuerdo consiste en recordar quién eres más allá de lo que tus sentidos te dicen. Es recordar que la conciencia es la única realidad, que lo que asumes es lo que te conviertes, que el Padre dentro de ti puede crear a partir de la nada.
Cuando el hijo pródigo regresó a casa, el padre le dio el mejor vestido, le puso un anillo en el dedo y le calzó los pies. Estas no son imágenes decorativas. Cada una es simbólica.
El mejor vestido es el nuevo estado de conciencia que asumes. El anillo en el dedo es el símbolo de la autoridad y del poder. El calzado en los pies simboliza la comprensión sobre la que ahora caminas.
Cuando te recuerdas a ti mismo como el hombre que quieres ser, estás vistiéndote de ese estado. Estás asumiendo su vestido. Y cuando lo asumes con suficiente intensidad, con suficiente convicción, el Padre — que es tu propia y maravillosa imaginación humana — exterioriza ese estado en tu mundo.
Ahora, ¿cómo se hace esto en la práctica?
Primero, define con claridad el estado que deseas habitar. ¿Qué quieres ser? ¿Qué quieres tener? ¿Cuál es el estado que corresponde a tu deseo cumplido?
Segundo, asume ese estado. Siéntelo. No lo pienses desde afuera como algo que deseas alcanzar. Entra en él. Habita en él. Siéntelo como si ya fuera verdad ahora mismo.
Tercero, observa tus reacciones. A medida que caminas por el mundo, ¿estás reaccionando desde el estado del deseo cumplido o desde el estado de carencia? Si te encuentras reaccionando mecánicamente desde la carencia, ese es el momento del auto-recuerdo. Recuérdate a ti mismo. Vuelve al estado asumido.
La historia del hijo pródigo no es una historia que ocurrió hace dos mil años. Es la historia que está ocurriendo en ti ahora mismo. Tú eres el hijo en tierra lejana. El Padre está esperando. Y la distancia entre donde estás ahora y donde deseas estar se recorre en el instante del auto-recuerdo.
“Me levantaré e iré a mi padre.”
Levántate ahora. El Padre ya está corriendo hacia ti.
Recordando tu deseo, no te perderás como los cinco hermanos, pues no estarás preocupado por lo que otros hacen, sino que simplemente caminarás consciente de ser el que quieres ser. Ningún poder puede mantenerte alejado de tu meta cuando eres consciente de haberla alcanzado ya.
Se te dice: “Buscad primero el reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” El reino de los cielos está dentro de ti. Vuélvete hacia adentro y encontrarás el poder para producir lo que la naturaleza y tus sentidos externos niegan. Ponlo a prueba controlando tus pensamientos, viendo solo lo que quieres ver y escuchando solo lo que contribuye a la realización de que tu mundo es como quieres que sea. Si continúas controlando tu mundo en tu imaginación hasta que una sola sensación desplaza a todas las demás ideas, tu conciencia justa responderá por ti y tu sueño se convertirá en tu realidad.
Neville Goddard, 02 de julio de 1952