Hay una idea que reaparece una y otra vez en la historia del pensamiento humano. Aparece en los textos herméticos del Egipto helenístico. Aparece en los neoplatónicos de Roma. Aparece en los cabalistas de Provenza y en los sufíes de Andalucía. Aparece en William Blake en el Londres del dieciocho y en Neville Goddard en el Nueva York del veinte.
La idea es que detrás de la diversidad de tradiciones religiosas y filosóficas, detrás de las diferencias de lenguaje, de cultura, de época, hay un núcleo común. Un conjunto de verdades universales sobre la naturaleza de la realidad, de la consciencia y del ser humano. Un saber que no se inventa, sino que se redescubre. Una y otra vez. En distintos lugares. En distintas lenguas.
Los que han visto ese patrón le han puesto distintos nombres. Los neoplatónicos del Renacimiento lo llamaron philosophia perennis, la filosofía perenne. La tradición hermética lo llamó catena aurea, la cadena dorada. Los que han rastreado sus huellas a través de los siglos lo llaman, simplemente, el hilo.
Este artículo es sobre ese hilo. Y sobre uno de sus eslabones más recientes y más claros: Neville Goddard.
¿Qué es la filosofía perenne?
La noción de filosofía perenne sugiere la existencia de un conjunto universal de verdades y valores comunes a todos los pueblos y culturas. No es una doctrina única. Es un reconocimiento. El reconocimiento de que hay ciertas intuiciones sobre la naturaleza de lo real que aparecen una y otra vez, formuladas en idiomas distintos, en contextos históricos distintos, pero que dicen la misma cosa.
¿Qué cosa?
Básicamente, tres afirmaciones que se repiten.
Primero: que hay una realidad divina o absoluta que subyace al mundo físico, a la vida y a la mente. Algo que está más allá de lo que los sentidos captan, más allá de lo que la razón puede demostrar, pero que es el fundamento de todo lo que existe.
Segundo: que esa realidad no está afuera. Que el ser humano, en su nivel más profundo, participa de ella. Que la consciencia humana no es un producto accidental de la materia, sino una manifestación de lo mismo que sostiene el cosmos.
Tercero: que hay un camino de retorno. Una manera de recordar lo que somos. Una operación interior que, cuando se realiza con suficiente atención y disciplina, permite al ser humano reconocerse en lo que siempre fue.
La filosofía perenne tiene sus raíces en el interés renacentista por el neoplatonismo y su idea del Uno, del cual emerge toda existencia. Marsilio Ficino, el traductor de Platón y del Corpus Hermeticum que vimos en el segundo episodio de El Hilo Áureo, fue uno de sus primeros arquitectos. Buscó integrar el hermetismo con el pensamiento griego y cristiano. Y detrás de él vinieron otros: Pico della Mirandola, Agostino Steuco, que acuñó la expresión philosophia perennis, Leibniz, y más tarde, en el siglo veinte, Aldous Huxley, que popularizó el término en el mundo angloparlante.
Pero la filosofía perenne no es una invención del Renacimiento ni del siglo veinte. Es un nombre para algo que ya estaba ahí. Que siempre estuvo ahí. Los herméticos lo sabían. Plotino lo sabía. Los cabalistas lo sabían. Ibn Arabi lo sabía. Blake lo sabía.
Y Neville Goddard lo sabía.
Neville Goddard y el eslabón del siglo veinte
Neville Goddard nació en Barbados en 1905. Llegó a Nueva York en 1922, con diecisiete años, para estudiar arte dramático. Quería ser bailarín y actor. Y lo fue, durante un tiempo. Pero en algún momento de los años treinta, su vida dio un giro.
En esa época, conoció a un hombre que lo cambió todo. Un viejo que vivía en Manhattan, que enseñaba hebreo y Cábala a un círculo pequeño de estudiantes, que no aceptaba pago, que no enseñaba en público. Neville lo describió como un rabino etíope, un místico judío negro que lo entrenó en las Escrituras, el hebreo, la Cábala y la imaginación.
Su nombre era Abdullah.
Neville estudió con Abdullah cinco días por semana, durante cerca de siete años. Y lo que aprendió ahí fue, en esencia, la filosofía perenne formulada en un idioma que el siglo veinte podía entender.
Abdullah le enseñó que la Biblia no es historia secular. Es historia divina y patrones míticos de creación y despertar que se despliegan dentro del ser humano. Le enseñó que la Cábala no es un sistema abstracto, sino un mapa de la consciencia. Le enseñó que el poder creador no está afuera, sino dentro. En la imaginación.
Y sobre todo, le enseñó una técnica. Una operación. Algo que se hace. Algo que se practica. Algo que se vive.
Abdullah lo llamaba, simplemente:
Asumir el sentimiento del deseo cumplido y vivir en el final.
La imaginación como órgano de lo real
La enseñanza central de Neville Goddard es que la imaginación humana no es un mero entretenimiento o fantasía. Es la fuerza divina capaz de dar forma a nuestras experiencias.
No es una facultad mental entre otras. No es lo opuesto a lo real. Es el órgano con el que se percibe y se crea lo real.
Esto suena radical. Y lo es. Pero no es nuevo.
William Blake, un siglo antes, había dicho lo mismo en Londres:
“La imaginación no es un estado: es la existencia humana misma”. “El cuerpo eterno del hombre es la imaginación, es decir, Dios mismo, el Cuerpo Divino.”
Ibn Arabi, siete siglos antes en Andalucía, había dicho lo mismo en árabe: que la imaginación humana, khayāl, es el lugar donde lo Divino se hace visible a sí mismo. Que el corazón humano puede volverse capaz de toda forma.
Plotino, mil quinientos años antes en Roma, había dicho lo mismo en griego: que el alma humana, en su parte más alta, nunca descendió del Uno. Que el camino de retorno no es viaje, sino reconocimiento.
Neville Goddard, que es una de las fuentes más claras de esta tradición en el siglo veinte, lo repitió hasta el cansancio. Lo dijo en conferencias. Lo escribió en libros. Lo vivió en su propia carne. Y lo transmitió a quienes quisieron escuchar.
Lo que él enseñaba, en el fondo, era esto: que la imaginación no es algo que uno tiene. Es algo que uno es. Que la consciencia humana no es producto del cerebro. Que el cerebro, el cuerpo, el mundo entero, son formas que toma algo más antiguo y más vasto. Y que ese algo, la imaginación creadora, la consciencia, lo Divino, se reconoce a sí mismo en nosotros cuando aprendemos a mirar con el órgano correcto.
El hilo que une
Neville Goddard es un eslabón de una cadena que viene de muy lejos. La catena aurea de la que hablaban los neoplatónicos. El hilo áureo que atraviesa los siglos.
No porque lo supiera todo. No porque fuera un erudito. Neville no era un académico. Era un místico práctico. Alguien que había recibido una enseñanza de un maestro vivo, la había integrado, la había vivido, y la había transmitido a su vez.
Esa es la mecánica de la transmisión. No se hereda por lectura. Se hereda por reconocimiento. Por encuentro. Por contagio. Por presencia sostenida entre dos personas atentas.
Neville la recibió de Abdullah en una habitación de Manhattan, entre 1929 y 1936. Abdullah la había recibido de alguien antes que él. Y antes de ese alguien, otro. Y otro. Y otro. Una cadena que se remonta, a través de los cabalistas, a través de los neoplatónicos, a través de los herméticos, hasta los antiguos sabios de Egipto y de Grecia.
No es una cadena perfecta. Se rompe a veces. Se interrumpe. Se pierde. Pero siempre, en algún lugar, alguien la retoma. Alguien la reconoce. Alguien la vuelve a sujetar.
Y eso es lo que Neville hizo. Eso es lo que cualquiera que recibe esta enseñanza hace, en la medida en que la vive. No se trata de creer. Se trata de reconocer. De recordar lo que ya se sabía antes de que las palabras llegaran.
La pregunta que queda
La filosofía perenne no es una doctrina cerrada. Es un patrón de reconocimientos. No es un sistema que haya que aceptar. Es un territorio que hay que recorrer. Un mapa que cada uno tiene que dibujar para sí mismo, con sus propias manos, a partir de su propia experiencia.
Neville Goddard ofreció un mapa. Abdullah se lo entregó. La tradición se lo había entregado a Abdullah. Y antes de ellos, otros lo habían recibido y lo habían pasado.
Ahora el mapa está sobre la mesa.
Lo que cada uno haga con él, si lo usa, si lo estudia, si lo vive, si lo deja reposar, es decisión propia. La cadena no exige fidelidad continua. Solo memoria. Solo reconocimiento. Solo la disposición a mirar, una y otra vez, hacia el lugar donde siempre estuvo lo que se buscaba.
Neville lo resumió en una frase que podría ser el epígrafe de toda la tradición perenne:
“La imaginación es Dios en el hombre.”
No es una metáfora. No es una exageración poética. Es una descripción. Tan exacta como las que dieron Plotino, Ibn Arabi, Blake y tantos otros antes que él.
El hilo pasa.
Siempre pasa.
La pregunta es si uno está dispuesto a reconocerlo cuando lo ve.
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